MUJERES DE SOLAZ: DE “MUJERES DE CONSUELO” A ESCLAVAS SEXUALES

“Para que no se vuelva a repetir hay que seguir hablando” es el mensaje que Kang Il-chul lleva mandando durante los últimos 70 años. Il-chul es una halmoni (할머니); una de las pocas que todavía viven en el museo House of Sharing, a una hora escasa de Seúl, en Gyeonggi-do. Su nombre es Kang Il-chul, pero a lo largo de su vida le han puesto muchos otros: abuela, comfort woman, chongsindae, jugun ianfu, mujer de Solaz… y sólo para algunos es una esclava sexual.

¿Pero quién es ella? Pues… sólo una más. Sólo una de las 46 mujeres coreanas que hoy todavía respiran y mantienen viva la llama de uno de los conflictos más longevos e históricamente sensibles entre Corea del Sur y Japón.

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Estatua de una mujer en el museo de House of Sharing (x)

ECHANDO LA VISTA ATRÁS: LAS NIÑAS DE SOLAZ

Viajamos a 1943: la ocupación japonesa de la península de Corea dura ya 35 años. Kang Il-chul tiene 16 y unos soldados japoneses llaman a su puerta y la obligan a marchar para encerrarla en una de las llamadas “estaciones de consuelo”. Ella fue obligada, pero otras fueron atraídas por una publicidad engañosa que les prometía trabajo como enfermeras o en fábricas.

El ejército japonés tiene un problema: la inoportuna manía de sus soldados de violar a las mujeres de los territorios ocupados. Preocupados por esa mala imagen y las hostilidades que provoca encuentran una solución: crear prostíbulos ilegales en los que se estima que malvivieron unas 200.000 mujeres. 

“Me encerraron en una habitación diminuta y me obligaron a acostarme con 10 o 20 soldados al día”

Las niñas tenían entre 13 y 19 años y procedían de familias de clase baja. En el museo House of Sharing encontramos las pocas pruebas de un acontecimiento que durante décadas ha estado envuelto en una neblina confusa a través de la que ha sido difícil ver. Fotografías, documentos y los restos del final de la guerra acompañan a los testimonios de aquellas niñas que decidieron hablar.

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Varias chicas en el interior de un prostíbulo en la película “Spirit’s Homecoming”

“Me encerraron en una habitación diminuta y me obligaron a acostarme con 10 o 20 soldados al día”, dice Kang Il-chul. Los preservativos se lavaban para volver a utilizarlos y los abortos estaban a la orden del día. Son muchos los secretos que podrían haber guardado las paredes de esos prostíbulos pero gracias a las halmoni, la historia no las olvida.

EN EL PRESENTE: ANCIANAS DE SOLAZ

Setenta años después, Kang Il-chul hizo un dibujo en una sesión de terapia. En este se veía al ejército japonés quemar a un grupo de niñas en un hoyo. Ese dibujo, sus palabras y su fuerza y la de otras mujeres han servido para saber con detalle qué sucedió en los años de colonización japonesa en la península de Corea. Y también para que el pueblo coreano se niegue a olvidar.

La prueba está en la Manifestación del Miércoles, que lleva teniendo lugar desde 1992 cada semana y busca llamar la atención del Gobierno japonés. En que el transporte público se llenó de maniquíes de las jóvenes, vestidas con hanbok el pasado agosto. O en que el dibujo de Il-chul inspiró el año pasado el éxito taquillero ‘Spirit’s Homecoming’; película que estuvo a punto de cancelarse pero fue salvada del desastre por financiación popular.

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El dibujo de Kang Il-chul (x)

Este es un conflicto en el que las víctimas no han sido las actrices protagonistas en ningún momento y han quedado relegadas a segundo plano en las negociaciones políticas entre ambos países. El pueblo coreano sabe que las halmoni tienen poco tiempo y por eso, el tic tac del reloj es una bomba de relojería que no quieren que estalle antes de que el problema se solucione.

Para el mundo, sólo quedan 46 de ellas en Corea del Sur, pero para las halmoni , todas las que fueron asesinadas durante la guerra y todas las que nunca se atrevieron a contar su historia, siguen vivas. Su pelea nunca ha sido individual, y como decía, Kang Il-chul, ella es sencillamente una más. Kim Hak-soon, Kim Bok-dong, Lee Ok-soon, Lee Doo-soon… son activistas, son abuelas o son amas de casa, pero ante todo son mujeres. Mujeres que con casi 90 años, saben que ya no es sólo una lucha por ellas, es una lucha de todas contra el silencio y la violencia.

Pero el tema de las Mujeres de Solaz no es una conversación entre Corea del Sur y Japón. Es un problema que complica las Relaciones Internacionales del país nipón con China, Corea del Norte, Filipinas, Indonesia y también Taiwan y al mismo tiempo refuerza las que tienen ellos entre sí.

HACIA UNA RESOLUCIÓN INTERNACIONAL: UN PROBLEMA PARA JAPÓN

Japón lleva más de 50 años intentando encontrar una solución para el conflicto. En 1992, el primer ministro Kiichi Miyazawa declaró la preocupación por las mujeres de consuelo y el arrepentimiento del país por los actos de sus militares, y un año después volvió a reiterarlo: “creo que los incidentes de este tipo son descorazonadores y lo siento mucho”.

Son palabras que se han seguido repitiendo, en boca del primer ministro Tomiichi Murayama (1994), en la de sus sucesores Ryutaro Hashimoto (1996) y Junichiro Koizumi (2001) y más recientemente, el actual primer ministro Shinzo Abe se reunió con la entonces presidenta surcoreana Park Geun-hye (2015) para llegar al famoso acuerdo de los 8.7 millones de dólares de indemnización.

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Kang Il-chul junto a otras mujeres en diciembre de 2015. Fotografía de Kim Taehyeong  (x)

Con el cambio al presidente Moon y las protestas de las víctimas, que consideran que se han quedado fuera de la negociación, se abren una serie de preguntas de difícil respuesta: ¿cuál es la forma adecuada de disculparse por los crímenes contra la humanidad? ¿Sirve de algo una disculpa para las víctimas o para los supervivientes de un conflicto armado?

Corea sigue sin pasar página, la comunidad internacional tampoco y son muchas las historias de ciudadanos japoneses que sienten la necesidad de acudir a las halmoni y pedirles disculpas personalmente. En ese acuerdo de 2014, tanto el Gobierno surcoreano como el japonés firmaron un tratado “irreversible y final” que resolvía el problema bajo la premisa de que “el Gobierno de Japón cumpliría las medidas ya anunciadas” y que ambos países “dejarían de acusarse o criticarse entre ellos sobre el tema delante de la comunidad internacional y de las Naciones Unidas”.

Pero justo fue ese mismo año que la ONU insistió en la importancia de no sólo compensar a las víctimas, sino de reconocerlas como tal, llamándolas públicamente “esclavas sexuales”.

LA IMPORTANCIA DE LLAMARLAS POR SU NOMBRE: DE “MUJERES DE SOLAZ” A ESCLAVAS SEXUALES

Al margen de los conflictos políticos y las formalidades, la lucha de las mujeres de Solaz ha sido larga: de pelear contra su propio silencio al principio y contra las miradas del pueblo coreano después. El conflicto armado terminó en el 45 y las primeras víctimas no empezaron a levantar la mano hasta los años 90. Fueron ellas las que pidieron ser reconocidas como lo que son: víctimas de la guerra. Víctimas de la prostitución. Esclavas sexuales.

La historia de las halmoni es un conflicto entre las relaciones políticas de Japón y Corea del Sur y, aunque parece que la brecha se hace cada vez más grande, al mismo tiempo es un tema que ha permitido, a nivel social, unir a sectores de las dos comunidades que comparten el mismo pensamiento.

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Mujeres surcoreanas protestan frente a la embajada de Japón en 2011 (x)

Las disculpas verbales y reiteradas de los ministros japoneses han sido aceptadas por las halmoni, pero su deseo va más allá. Es difícil entender qué es lo que sienten las mujeres de Solaz, pero muchos japoneses han intentado a lo largo de los años redimir las acciones de los militares durante la guerra. Si la política no lo ha conseguido, la humanidad de los dos pueblos va un paso por delante.

Las halmoni no odian a los japoneses y lo único que buscan es que sus vidas y su sufrimiento sirvan para que no se vuelva a repetir. Para ello, sus nombres no tienen que perderse, ni tampoco sus historias, que afortunadamente, el mundo ha decidido escuchar.

“Para que no se vuelva a repetir, hay que seguir hablando”

El ministro japonés Abe declaró que “no tenemos que arrastrar este problema a la siguiente generación” y el mensaje de Kang Il-chul busca lo mismo. Japón considera que las mujeres de Solaz son una cicatriz en su historia, pero eso no tiene que ser algo malo.

Lo ideal sería que al margen de la vía institucional, las halmoni tuvieran la oportunidad de poner voz a su mensaje y así esa cicatriz sería simplemente un recuerdo del pasado, que entre todos han conseguido curar.


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Iguazel Serón

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